FRANCIS BACON DICE ADIÓS A BILBAO

El Museo Guggenheim de Bilbao da la bienvenida al nuevo año despidiendo una de sus exposiciones más potentes de los últimos tiempos. La muestra Francis Bacon: de Picasso a Velázquez, resulta ser una revisión extraordinaria de la obra del artista irlandés, Francis Bacon (Dublín 1909 – Madrid 1992), sustentada en la estrecha relación que siempre existió entre el pintor y nuestro país.

Su fascinación por Picasso, Velázquez y Madrid son elementos bien conocidos para todos aquellos que amamos su obra. Y al menos en los dos primeros casos, la exposición que se cierra este próximo día 8 de enero en Bilbao logra poner este hecho de manifiesto. La muestra cuenta con unas cincuenta obras de Bacon a las que hay que unir una treintena de cuadros de otros artistas clásicos que influyeron en su devenir creativo. Bajo las salas cubiertas de titanio del más emblemático edificio de Bilbao, obras de Pablo Picasso, Georges Braque y el mismísimo Diego Velázquez nos invitan a reflexionar sobre la evolución y los fundamentos de Bacon.

Considerado uno de los artistas más relevantes y carismáticos del siglo XX, la exposición revisa toda su vida lo que nos permite intuir los momentos más amables y también los menos dulces en la existencia del creador. La década de los setenta se nos revela como la más colorista en la trayectoria de Bacon. Cuadros de fondo rosado, verde menta y azul turquesa nos invitan desde la sala dedicada a este periodo a respirar dulzura y coger aire para afrontar la magnificencia pero también la oscuridad que se evidencia en la mayor parte de la exposición. El sufrimiento, la tortura existencial del individuo, la alusión a lo animal por encima de lo humano, la descripción sintética de los espacios y su recreación en lo visceral y profundo, son algunas de las principales señas de identidad de su producción artística, una producción artística prolífica y brillante.

En un ejercicio didáctico muy bien elaborado, la exposición planteada por el Museo Guggenheim muestra cómo el irlandés alcanza su madurez pictórica en la cuarentena y cómo desde entonces incide una y otra vez y sin descanso en la investigación de lo humano en movimiento. Sus figuras giradas en una acción retorcida y netamente presente en el instante, representan una vuelta de tuerca brillante a la multiperspectiva heredada del cubismo. Siempre ubicadas en habitaciones vacías, el pintor reflexiona sobre lo humano dentro de espacios someros, creados por el hombre y desprovistos de cualquier latido natural.

El irlandés estuvo casi obsesionado con la pintura del Papa Inocencio X de Velázquez. Llegó a efectuar hasta cincuenta versiones de esta obra, dos de las cuales están incluidas en la muestra.

Bacon, además de admirar a Velázquez por su compromiso con la técnica pictórica, recoge los tintes sarcásticos y oscuros que desprenden las obras del genio sevillano menos cortesanamente correctas. Como ejemplo de esto, bajo los techos del Museo Guggenheim de Bilbao duerme desde el pasado 30 de septiembre la pintura de Don Sebastián de Mora (1645) de Velázquez, quien es retratado por el maestro andaluz con el respeto que se profesaría a un monarca a pesar de ser en realidad, y únicamente, el bufón de la corte real. Servicial, sometido, obligado, pero también libre en el espacio sin forma en el que Velázquez lo ubica, como Bacon hace con sus figuras, y desde el que nos dice con su mirada directa y profunda que él es, fundamentalmente y sobre todas las cosas, un hombre.

El museo está repleto estos días. Es difícil pasar de largo por delante de esta exposición cuando ya el olor a su final inunda los alrededores del edificio de Frank Gehry.